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UN VIAJE POR CORDILLERA CENTRAL 2007

Foto: bruno castro
   

 

 

Un viaje a la Cordillera Central
--Cómo empezamos a subir por aquí?—

Las pocas veces que me había preguntado esto había sido fuera de este terreno; ya en la ciudad, revisando las anheladas fotos de la expedición, las que por cierto casi siempre decepcionaban mis ansias. Eran las 11 de la mañana y el sol insistía tanto como por ratos el viento lo denostaba. Ya más adelante veríamos las consecuencias de esta pugna en las infames penitentes que había en el nevero superior. Las bofetadas que el frío viento cordillerano nos aplicaba iban disminuyendo, y al ganar altura el paisaje se iba despojando de su aparentemente infranqueable armadura de roca. El ascenso era fácil, siguiendo la imaginaria línea de la cumbre, pero algo llamado instinto me llevaba hacía la arista, que muy próxima hacia nuestra posición la sospechábamos como acornisada al opuesto.

Las postreras vueltas en la cama, casi siempre disfrutadas con el ambiguo placer de saberlas últimas y sin embargo odiadas por ya acabarse. Había una extraña lasitud que invitaba al descanso –y acaso no sería lo mejor quedarse un día más para aclimatar?- Los trajines por el viaje desde Lima y la tardía cena en el modesto hotel de San Mateo; los preparativos logísticos para ésta empresa. En realidad nada guardaba relación con el peso de nuestro equipaje.

6:00 am. Quick breakfast y ya tenemos una station esperando por nosotros. Joel –el chofer- nos saluda con su acento serrano casapalquino, mientras observa con kafkiano porte los abultados macutos que llevamos por mochilas. La señora del hospedaje nos despide frunciendo gravemente las cejas -como una madre nerviosa con un hijo en el servicio militar- que tengamos cuidado, hace una semana se han caído unos jóvenes y los han rescatao los bomberos.
La carretera luce fría y despejada, casi tanto como el cielo. Nuestras expectativas meteorológicas nos han mantenido animados pues el friaje que castiga las zonas altas es señal de optimas condiciones en el hielo. Esta avidez es finalmente- y lo entendemos así- lo que nos permite asimilar como soportable el calvario del porteo hasta el campo base. Ya en la laguna, los primeros pasos llevan un karma anticipado; el infatigable sol envía sus primeros heraldos. Llevar puestas las pesadas botas nos ahorra peso y espacio pero nos los traslada en dolorosas pequeñas ampollas.

El cielo es una barba aún rala de nubes blancas que atraviesan raudamente por sobre las agudas cumbres. Parados en un extraño col de nieve domada, miramos con estupefacción e incredulidad el enorme plateau glaciar que casi desmaya unos cientos de metros bajo nuestros pies. En sus elípticos extremos se despegan casi sin contraste las incipientes rampas de un hermoso pico con nombre de mujer: Norma. Tras ella, hay demasiado y poco que no podamos admirar, pues la belleza de este circo glaciar es subyugante, como la vista del nevado Tunsho, que casi como un bosquejo monetiano del Huantzán, resalta no muy lejos de aquí. Nos vemos también a nosotros mismos, ajados, con instintivos e inútiles gestos faciales que no logran soslayar el frío y que traslucen armonizados nuestros anhelos y el cansancio recolectado. Estamos a 5500 metros y la razón bajo cero.

Después de casi tres días de marcha estamos en las postrimerías del porter trip, con los pies queriendo ser parte del equipaje y la espalda de colchón. Atrás ha quedado la nunca abrigada quebrada Yuracmayo que, a pesar de estar gélidamente decorada en sus contornos por más de una decena de apetitosas cascadas de hielo, se portó amable en cuanto a las temperaturas nocturnas. Nuestra nueva quebrada se presenta morfológicamente width off, en comparación con la anterior. En ella un horizonte de presuntos pantanos salpicados de lagunas engaña nuestra experiencia, logrando acabar con las últimas reservas energéticas que teníamos.
Creo que acá va a ser José, que sí no ya mejor acampamos en la ciénaga. qué importa cuchitril! ya no doy más!
Faltan pocos minutos para que el reloj marque las 3:30 pm. Luego de unas cortas pero ligeramente expuestas rampas de roca descompuesta, estamos en la arista somital. Las nubes ya dejaron de ser simpáticos adornos contrastables con el cielo, y éste ahora las adopta como una gran prole de advenedizos huéspedes. En la cima la nieve deja su inocuo aroma y se nos torna dulce; lo sentimos más aún así pues ha habido sal en el esfuerzo.

Bajamos las mochilas y absortos llenamos de infinito la memoria: Suiricochas, Antachaire, Pachancoto, Paca y Collquepucros. A lo lejos esta también el Ticlla. Nuestras reducidas pupilas –de desgaste y regocijo- escapan de la protectora celda de sus oscuras gafas para ver más allá del duro terreno que nuestro corazón ha forjado en su ambición de escaladores. En el abrazo con José se fusionan los agradecimientos al compañero y la emoción de cumbre. Quedan abolidas las palabras.
Esta oscuro. La noche es una paradójica muestra de la naturaleza dual del universo.

Dormimos asilados en el placentero mundo del sleeping bag, amparados en su suficiente pero frágil bienestar, y soñamos; viajamos nuevamente a esas blancas e intactas cimas donde el cielo es azul marino, de lo más profundo del océano, con sus más bellas perlas incrustadas en el fondo. El viento sopla fuerte, insiste, tanto que parece desgarrar la carpa. Abro los ojos y descubro –como en un final cortazariano- transfiguradas las estrellas por miles de focos de alumbrado público. Estamos en la Prialé?, tienes sencillo Marrano?, no, yo me voy a bajar en Miraflores...







Fuente : bruno Castro  
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