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Primera cordada peruana
en hacer cumbre en el Pucaraju
“La princesa de los pies pequeños”
Día de escalada
Los colores del amanecer no combinaban con
el preparado energético que tomamos
esa mañana. La sopa de pollo con
el polvo proteínico que había
llevado Fredy sabía horrible, pero
era el único modo de recuperar fuerzas
y conseguir lo que tanto tiempo habíamos
anhelado. Así que glup y nuevamente
la larga subida, el Pucaraju y su mirada,
la fatigante morrena….
Hacía un poco de frío cuando
empezamos a prepararnos. Ajustar los arneses,
poner los crampones en las botas, ordenar
el equipo, las cuerdas, decidir qué
ponemos en la mochilita de ataque (finalmente
subimos un par de casacas, más de
un litro de líquido, guantes extra
y una cámara de fotos de bolsillo
que no sirvió de mucho), ponerse
los cascos, etc.
Sorprendiéndome a mí misma,
insistí en hacer el primer largo.
Era la primera vez en mi vida que yo me
subía a una ruta mixta y, aunque
tenía clara buena parte de la teoría
(la puntita del crampón sí
te aguanta en una pequeña laja, por
ejemplo), me resultaba increíble
estarla poniendo en práctica.
Así empezamos a escalar “La
princesa de los pies pequeños”.
La ruta tiene 6 largos y entre 70 y 85 grados
de inclinación; transcurre sobre
una canaleta cubierta por frágiles
y delgadas capas de verglass que no ayudan
mucho a una rápida progresión
con piolets. Por el contrario, este hielo
delgadito nos obligaba a salir de la relativa
seguridad que brindan estos agarres y optar
sobre todo por el dry tooling.
El valor de un friend
Ana Luisa terminó de escalar el primer
largo, y a partir de allí yo tomé
la posta para ir de primero. Cuando me encontraba
al final del cuarto largo, por debajo de
un gran techo, tenía un piolet enganchado
en una regleta y el otro resbalando un poco
de la presa. De pronto, escuché el
crujir del metal con la roca. ¡La
presa se había roto! Caí.
Sentí que la cuerda no iba a tensar,
hasta que finalmente detuvo mi caída.
Apenas podía mover la pierna derecha.
Me había pegado un fuerte golpe en
la cadera contra la pared. Me quedé
colgado esperando que no fuera nada serio
y que el terrible dolor pasara. No tomé
conciencia de la magnitud de mi caída,
hasta que levanté la mirada y vi
el ultimo friend que había colocado
a más de 6 metros de altura y que
había soportado muy bien una vertiginosa
caída de 12 metros.
Miré para abajo. Vi a mi compañera
nerviosa y como queriendo no pensar en la
mala situación que estuvimos a punto
de lamentar. Si ese friend se hubiese salido,
el siguiente seguro que estaba más
abajo (y que no era más que una vieja
cinta pasada a unos viejos pitones que encontré)
jamás hubiera cumplido su cometido.
La tragedia hubiera sido inevitable, porque
tras mi caída sin control, por la
precariedad de los seguros, con seguridad
hubiese arrastrado conmigo a mi compañera
Ana Luisa.
Superado el percance y el dolor, seguí
ascendiendo con la misma dificultad que
me brindaban las pocas fisuras donde se
podía colocar seguros. Caía
la noche y la débil luz de mi frontal
no ayudaba. Sabíamos que la única
forma de escapar de esta pared que se estaba
volviendo un infierno, era hacia arriba.
No había manera de dar marcha atrás.
Las manos se congelaban y las fuerzas ya
nos habían abandonado a ambos. Sin
embargo, teníamos bien claro que
no podíamos darnos el lujo de cometer
errores. Dejamos el miedo y el frío
congelante en un segundo plano y escalamos
pensando únicamente en el instinto
de conservación.
El último tramo de la canaleta de
la ruta era roca descompuesta y el sólo
hecho de pensar en colocar bien los seguros,
significaba desperdiciar energía
inútilmente y darte cuenta de que
estabas totalmente expuesto a una nueva
posibilidad de caída. Decidí,
entonces, no seguir buscando fisuras para
asegurar, sino más bien concentrar
mis últimas energías en dominar
el miedo y coordinar mis movimientos lo
mejor que pudiese, aferrándome a
las pocas presas existentes y aplicando
en ellas sólo la fuerza necesaria
para que ese frágil castillo de bloques
no se desmoronase.
En alguna hora de la noche
“¡¡Esa tiene que ser la
cumbre, Fredy!!” – me gritó
la chata desde abajo. Ana Luisa estaba más
consiente que yo, que escalaba en concentración
total y sin atreverme a mirar más
allá de donde llegaban mis manos.
Su voz de aliento me ayudaba a seguir y
no abandonar.
La chata no se había equivocado.
Muy cerca de la cumbre, sólo para
no perder la altura con otra indeseable
caída, coloqué un seguro en
una fisura que felizmente sí estaba
buena. Mientras tanto, a mi compañera,
quien estuvo cobrándome pacientemente
todo ese tiempo, le llovían piedras
y trozos de hielo que ya en la oscuridad
de la noche no se veían. A estas
alturas del ascenso, no le quedaba más
que pegarse a la pared y rogar para que
estos proyectiles no la golpeasen.
Por fin alcancé la filuda arista.
“¡¡Cuuuuumbre, chataaaaaaa!!!”
– grité hacia la inmensurable
oscuridad del abismo. La chata, como cariñosamente
llamamos a Ana Luisa, había realizado
así su más complicada escalada
mixta en lo que va del año.
Esa noche, agotados y ya sin posibilidad
de instalar rapeles que fuesen seguros,
decidimos vivaquear en la cumbre. Esa noche
del 6 de agosto fue larguísima y
helada. Daba la impresión de que
el Pucaraju nos estaba cobrando caro la
osadía.
La luz del sol nos encontró casi
entumecidos. Empezamos el descenso y luego
de 7 rapeles estuvimos nuevamente en la
base de la ruta.
Una vez en la cueva, el cansancio se transformó
en satisfacción. Coincidimos en que
todo – la caída, el frío,
la larga noche, el miedo – habían
valido la pena. El Pucaraju nos miraba desde
lo alto y parecía sonreírnos.
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