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PRIMERA CORDADA PERUANA EN LA CUMBRE DEL PUCARAJU - 2005
 

 

Primera cordada peruana en hacer cumbre en el Pucaraju
“La princesa de los pies pequeños”


Día de escalada
Los colores del amanecer no combinaban con el preparado energético que tomamos esa mañana. La sopa de pollo con el polvo proteínico que había llevado Fredy sabía horrible, pero era el único modo de recuperar fuerzas y conseguir lo que tanto tiempo habíamos anhelado. Así que glup y nuevamente la larga subida, el Pucaraju y su mirada, la fatigante morrena….
Hacía un poco de frío cuando empezamos a prepararnos. Ajustar los arneses, poner los crampones en las botas, ordenar el equipo, las cuerdas, decidir qué ponemos en la mochilita de ataque (finalmente subimos un par de casacas, más de un litro de líquido, guantes extra y una cámara de fotos de bolsillo que no sirvió de mucho), ponerse los cascos, etc.

Sorprendiéndome a mí misma, insistí en hacer el primer largo. Era la primera vez en mi vida que yo me subía a una ruta mixta y, aunque tenía clara buena parte de la teoría (la puntita del crampón sí te aguanta en una pequeña laja, por ejemplo), me resultaba increíble estarla poniendo en práctica.

Así empezamos a escalar “La princesa de los pies pequeños”. La ruta tiene 6 largos y entre 70 y 85 grados de inclinación; transcurre sobre una canaleta cubierta por frágiles y delgadas capas de verglass que no ayudan mucho a una rápida progresión con piolets. Por el contrario, este hielo delgadito nos obligaba a salir de la relativa seguridad que brindan estos agarres y optar sobre todo por el dry tooling.

El valor de un friend
Ana Luisa terminó de escalar el primer largo, y a partir de allí yo tomé la posta para ir de primero. Cuando me encontraba al final del cuarto largo, por debajo de un gran techo, tenía un piolet enganchado en una regleta y el otro resbalando un poco de la presa. De pronto, escuché el crujir del metal con la roca. ¡La presa se había roto! Caí. Sentí que la cuerda no iba a tensar, hasta que finalmente detuvo mi caída. Apenas podía mover la pierna derecha. Me había pegado un fuerte golpe en la cadera contra la pared. Me quedé colgado esperando que no fuera nada serio y que el terrible dolor pasara. No tomé conciencia de la magnitud de mi caída, hasta que levanté la mirada y vi el ultimo friend que había colocado a más de 6 metros de altura y que había soportado muy bien una vertiginosa caída de 12 metros.

Miré para abajo. Vi a mi compañera nerviosa y como queriendo no pensar en la mala situación que estuvimos a punto de lamentar. Si ese friend se hubiese salido, el siguiente seguro que estaba más abajo (y que no era más que una vieja cinta pasada a unos viejos pitones que encontré) jamás hubiera cumplido su cometido. La tragedia hubiera sido inevitable, porque tras mi caída sin control, por la precariedad de los seguros, con seguridad hubiese arrastrado conmigo a mi compañera Ana Luisa.
Superado el percance y el dolor, seguí ascendiendo con la misma dificultad que me brindaban las pocas fisuras donde se podía colocar seguros. Caía la noche y la débil luz de mi frontal no ayudaba. Sabíamos que la única forma de escapar de esta pared que se estaba volviendo un infierno, era hacia arriba. No había manera de dar marcha atrás. Las manos se congelaban y las fuerzas ya nos habían abandonado a ambos. Sin embargo, teníamos bien claro que no podíamos darnos el lujo de cometer errores. Dejamos el miedo y el frío congelante en un segundo plano y escalamos pensando únicamente en el instinto de conservación.

El último tramo de la canaleta de la ruta era roca descompuesta y el sólo hecho de pensar en colocar bien los seguros, significaba desperdiciar energía inútilmente y darte cuenta de que estabas totalmente expuesto a una nueva posibilidad de caída. Decidí, entonces, no seguir buscando fisuras para asegurar, sino más bien concentrar mis últimas energías en dominar el miedo y coordinar mis movimientos lo mejor que pudiese, aferrándome a las pocas presas existentes y aplicando en ellas sólo la fuerza necesaria para que ese frágil castillo de bloques no se desmoronase.

En alguna hora de la noche
“¡¡Esa tiene que ser la cumbre, Fredy!!” – me gritó la chata desde abajo. Ana Luisa estaba más consiente que yo, que escalaba en concentración total y sin atreverme a mirar más allá de donde llegaban mis manos. Su voz de aliento me ayudaba a seguir y no abandonar.

La chata no se había equivocado. Muy cerca de la cumbre, sólo para no perder la altura con otra indeseable caída, coloqué un seguro en una fisura que felizmente sí estaba buena. Mientras tanto, a mi compañera, quien estuvo cobrándome pacientemente todo ese tiempo, le llovían piedras y trozos de hielo que ya en la oscuridad de la noche no se veían. A estas alturas del ascenso, no le quedaba más que pegarse a la pared y rogar para que estos proyectiles no la golpeasen.
Por fin alcancé la filuda arista. “¡¡Cuuuuumbre, chataaaaaaa!!!” – grité hacia la inmensurable oscuridad del abismo. La chata, como cariñosamente llamamos a Ana Luisa, había realizado así su más complicada escalada mixta en lo que va del año.

Esa noche, agotados y ya sin posibilidad de instalar rapeles que fuesen seguros, decidimos vivaquear en la cumbre. Esa noche del 6 de agosto fue larguísima y helada. Daba la impresión de que el Pucaraju nos estaba cobrando caro la osadía.

La luz del sol nos encontró casi entumecidos. Empezamos el descenso y luego de 7 rapeles estuvimos nuevamente en la base de la ruta.
Una vez en la cueva, el cansancio se transformó en satisfacción. Coincidimos en que todo – la caída, el frío, la larga noche, el miedo – habían valido la pena. El Pucaraju nos miraba desde lo alto y parecía sonreírnos.
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Fuente : Fredy Zea Fernández / Ana Luisa Burga
     
   
 
   
 
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