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Primera cordada peruana
en hacer cumbre en el Pucaraju
“La princesa de los pies pequeños”
El Pucaraju mide 5,400 msnm. Su cara norte
puede verse desde la laguna Querococha,
ubicada en el Km. 57 de la carretera que
conduce a Chavín de Huantar. Hasta
hace no muchos años, cuando el calentamiento
del planeta aún no se evidenciaba
en esta montaña, desde la laguna
uno podía apreciar un enorme glaciar
que custodiaba la pared y sus varias canaletas.
Estos verticales caminos nevados de 300/
350 metros, culminaban en una cumbre más
bien rocosa. Ahora pareciese que la nieve
se fue, pero los corredores siguen existiendo
y constituyen justamente las rutas o vías
de escalada.Fredy Zea y yo habíamos
estado barajando la idea de escalar el Pucaraju,
hermoso y retador, hace varios meses. Antes
del viaje se presentaron mil dudas y contratiempos,
pero finalmente logramos coincidir agendas
y partir. Preparamos equipo para hielo y
roca, porque la información que conseguimos
indicaba que todas las rutas allí
eran mixtas (roca y hielo a la vez) y de
grado TD (muy difícil, según
la cotación francesa) y TD+: “Mururoa”
(300 m, TD+), “Adán y Eva”
(300 m, TD+), “Hot line” (350
m, TD) y “La princesa de los pies
pequeños” (300 m, TD). Ya habíamos
elegido intentar esta última: la
del nombre más bonito, la más
pegada a la derecha. Cargamos el Yaris el
4 de agosto de este año, con muchos
kilos de equipo y otros tantos de ansiedad.
Desde la laguna, el Pucaraju parecía
un macizo de pura roca. Distinguimos su
perfil la madrugada anterior, cuando llegamos,
pero no fue sino hasta el día siguiente
que pudimos ver cuán rocoso estaba.
El antiguo glaciar era ahora una gran morrena
y las rutas parecían tener hielo/
nieve sólo en algunas partecitas.
Sin embargo, los binoculares primero y luego
la cercanía, nos mostraron que todas
las vías guardaban al menos una fina
línea de hielo en todo el trayecto.
Instalamos nuestro campamento base en una
cueva de lujo: espaciosa, abrigada y más
que confortable. Además de nuestras
dos bolsas de dormir cómodamente
estiradas, entraba todo el equipo y la comida.
El único inconveniente de nuestro
alojamiento era la distancia que lo separaba
de la montaña. Aún cuando
nos habíamos acercado bastante, el
camino hasta la base de la pared se veía
todavía largo y se notaba que el
desnivel era muy acentuado. Nos esperaba
una larga y dura subida, y ese sería
sólo el inicio.
Decidimos que al día siguiente llevaríamos
todo el peso (cuerdas, equipo de roca y
hielo, algunos litros de líquido)
hasta la base de la ruta y volveríamos.
Recién el día subsiguiente
sería el día de escalada.
Mejor aclimatados y con pocos kilos encima,
la aproximación desde la cueva sería
menos desgastante. Así fue. Pese
a mi disgusto por la caminata, no quedó
más remedio que repartir los kilos
sobre nuestras espaldas y latear. A medida
que nos acercábamos a la montaña,
el Pucaraju nos iba jugando varios trucos
de ilusión óptica… las
paredes se echaban, se empinaban y volvían
a echarse. Nuestros comentarios, entonces,
pasaban de “se ve fácil, ¡sí
la hacemos de hecho!” a “¿me
parece o esta montaña se empina cada
vez más?”
Nuestras dudas se incrementaron cuando alcanzamos,
finalmente, las piedras de la morrena.
La morrena conservaba dentro suyo algunos
bloques de hielo que nos permitieron imaginar
cuán distinta y helada había
sido antes. Ubicamos nuestra ruta, que se
veía verticalísima, y caminamos
hacia ella. Recordamos que había
sido hecha en 1995 por unos escaladores
franceses y que hasta el momento sólo
había sido repetida por el peruano
Guillermo Mejía, quien la escaló
en solitario el año 97. Al igual
que las otras vías del Pucaraju,
“La princesa de los pies pequeños”
había cambiado bastante desde entonces.
Ya en su base (aproximadamente 3 horas de
caminata, desde la cueva), casi podíamos
escuchar el latido de nuestros corazones.
Con emoción y miedo, aguzamos los
ojos todo lo posible para visualizar la
vía que al día siguiente intentaríamos
subir. Luego aseguramos nuestro pesado encargo
(líquido, cuerdas, casacas y todo
el equipo) al inicio de la ruta y retornamos
a nuestro cómodo alojamiento. Estábamos
cansados.
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